Ficha Técnica
Los debates sobre la economía del cuidado han ganado relevancia en Colombia en las últimas décadas, al vincularse esta noción con categorías como la división sexual del trabajo, el trabajo reproductivo y el trabajo doméstico, planteadas tiempo atrás por la crítica feminista desde la sociología, la economía y la historia. Luz Gabriela Arango y Pascale Molinier (El trabajo y la ética del cuidado, 2011) definen la economía del cuidado como una economía paralela que sostiene a la formal al garantizar las condiciones de reproducción de la mano de obra. En noviembre de 2010 se aprobó la Ley 1413, que incluyó la economía del cuidado en el Sistema de Cuentas Nacionales para medir la contribución de las mujeres al desarrollo económico y social del país y orientar políticas públicas. Este reconocimiento ha sido un logro importante, aunque el proceso ha sido largo y la reflexión política sigue abierta, tanto en el plano teórico como en el material.
En 2002, la realizadora Clara Riascos, en colaboración con la politóloga María Emma Wills, presentó el documental La revolución pacífica de las mujeres, que reúne un amplio archivo sobre las luchas por los derechos civiles de los movimientos de mujeres en el siglo XX. El documental incluye, entre otros materiales, una entrevista de 1982 con la entonces viceministra del Trabajo y Seguridad Social Helena Páez, quien impulsó reformas al Código Sustantivo del Trabajo orientadas a mejorar las condiciones de las mujeres trabajadoras.
Vélez, Ana María (productora). Riascos, Clara (directora). (2002). Diálogos de nación: La revolución pacífica de las mujeres. [Documental]. Colombia: Ministerio de Cultura; Instituto Nacional de Radio y Televisión - Inravisión. Archivo Señal Memoria, BTCX60-051743.
Revisar este material audiovisual permite comprender cómo las demandas de las mujeres se conectaron con cambios en la legislación a partir de movilizaciones históricas como la Marcha Nacional por la Seguridad Social de 1987, que dio lugar a la Ley 11 de 1988, y el Primer Congreso de Trabajadoras del Hogar de ese mismo año, donde se declaró el 30 de marzo como el Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar y se conformó la Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar (CONLACTRAHO).
El Código Sustantivo del Trabajo de 1950 había sido el marco jurídico que reguló por primera vez la relación entre empleados y empleadores en Colombia, pero no contempló el trabajo doméstico. Desde finales de los años setenta, los movimientos de mujeres exigieron al Estado medidas como la afiliación obligatoria a la seguridad social. Magdalena León señala en el Proyecto de Investigación-acción: trabajo doméstico y servicio doméstico en Colombia (2013) que las reformas que buscaban reconocer derechos básicos —limitación de la jornada, descansos, seguridad social, protección en caso de accidente y cesantías— fueron impulsadas por Helena Páez entre 1983 y 1984, aunque no tuvieron continuidad inmediata debido a cambios en la dirección del Ministerio. Entre los logros recientes se cuentan el Convenio sobre el trabajo decente para las trabajadoras y los trabajadores domésticos (Ley 1595 de 2012) y la Ley 1788 de 2016, que reconoce el derecho al pago de la prima de servicios.
Más que celebrar un trabajo que, pese a los a los avances legislativos, sigue siendo invisibilizado en la cadena productiva, esta conmemoración recuerda la necesidad de reivindicar los derechos sociales y económicos de quienes, en una estructura desigual y estratificada, han sostenido el hogar mediante labores de alimentación, limpieza, atención y cuidado. Tareas que permiten la reproducción de la economía formal en la sociedad. La incursión de los movimientos de mujeres en las políticas estatales ha contribuido a reducir gradualmente la informalidad laboral, heredera de un modelo de servidumbre previsto en el Código Civil Colombiano en tiempos de industrialización y urbanización.
El trabajo doméstico ha sido una labor históricamente feminizada, atravesada además por condiciones como el desplazamiento, las migraciones y la estratificación social. Desde una perspectiva interseccional, los feminismos negros, tercermundistas y decoloniales han subrayado la importancia de distinguir entre el cuidado como ética política y el servicio como política económica, que perpetúa relaciones de subordinación marcadas por género, clase y raza. Esta reflexión es fundamental para una sociedad construida por intercambios desiguales en las cadenas de cuidado. En este sentido, resulta esencial la distinción entre afecto, voluntad y retribución económica. Reivindicar el trabajo doméstico hoy implica seguir promoviendo transformaciones estructurales, políticas y culturales, que dignifiquen las relaciones cotidianas entre el trabajo y la vida.
Por: Juliana Arana Toscano
