Publicado el Mié, 08/02/2017 - 15:06

Marta Traba y el arte en la televisión colombiana

Para muchos colombianos el arte llegó a sus vidas a través de sus televisores y lo hicieron de la mano de esta argentina nacionalizada colombiana.

Por: Claudia Bautista

La extensa obra de Marta Traba incluye un esfuerzo deliberado por hacer del arte un placer al alcance de todos y la televisión fue una de sus herramientas.
 

Escritora, maestra de historia del arte, crítica y comunicadora, Marta Traba impulsó el arte colombiano influyendo en su proyección internacional. Siempre polémica, amada y detestada, esta mujer que siempre habló en voz alta sobre lo que pensaba llegó con su esposo Alberto Zalamea a Colombia en 1954, el mismo año en que la televisión emitió por primera vez su señal en el territorio nacional.

Desde ese comienzo tuvo un espacio en las pantallas colombianas, primero como libretista de la serie “Una rosa de los vientos” (1954) y después con espacios como “El museo imaginario” (1955), “Una visita a los museos” (1955) y “El ABC del arte” (1956), dedicados a difundir ampliamente sus conocimientos sobre historia del arte -materia que enseñó con gran éxito en las universidades Nacional, de América y de Los Andes-.

Marta Traba recibe el Premio Nemqueteba en 1955 por su labor en la televisión colombiana.

Se trataba de programas emitidos en directo, en los que se hicieron famosos su rostro, su acento y su habilidad para hablar con sencillez de lo que hasta entonces era un privilegio para la élites. Para hacerlos correctamente, aprendió a actuar y a expresarse con el más polémico de los maestros: el japonés Seki Sano. Luego aplicó lo aprendido en la televisora nacional buscando romper las barreras que creaban los muros universitarios y dirigirse a lo que ella llamaba el “público mayoritario”, ese que hasta entonces no había tenido acceso al mundo del arte.

En 1957 fue expulsada de la televisión por el gobierno militar y rápidamente reincorporada a petición del público después de la caída de Rojas Pinilla, de tal forma que el 22 de noviembre de ese año dio inicio al “Primer curso de extensión cultural televisado”, emitido los viernes a las 9 P.M. Todo aquel que quisiera podía inscribirse, enviando una carta con su nombre, edad, domicilio y profesión. Sus estudiantes recibían a vuelta de correo la conferencia semanal mimeografiada.

Ellos fueron sus alumnos “oyentes”, porque también los hubo “asistentes”, que realizaban trabajos prácticos con cuestionarios muy simples y que los hacían merecedores de un diploma de asistencia al final del curso. Desde la prehistoria hasta el arte moderno, Marta Traba buscaba que los televidentes comprendieran que la obra de arte es la expresión máxima del espíritu humano.

“Tengo más de 640 alumnos, de todas partes del país y algunos en apartados lugares del territorio nacional. La televisión es un gran conducto para llegar al pueblo; ve al profesor, le ayudan las ilustraciones presentadas a través de la pantalla y, con el tiempo, llega a tomarle cariño al catedrático. Como dato curioso y para demostrarle el increíble alcance de este medio de difusión, le contaré que en el Chocó, un grupo de sacerdotes dicta unas clases, basado en las conferencias enviadas periódicamente por mí, las cuales son extractos de las dictadas por televisión”.

Tomado de “Entrevista Atemporal”, selección -por Beatriz González-,
de fragmentos de entrevistas concedidas por Marta Traba a medios colombianos
Museo de Arte Moderno de Bogotá - Editorial Planeta, 1984.

Gracias a su profunda convicción de la utilidad del medio televisivo para expandir el conocimiento sobre el arte, Marta Traba siempre volvió a ella y en 1966 estrenó su serie “Puntos de vista”, emitida en el canal “Teletigre” y censurada por el gobierno colombiano argumentando que “alentaba a la subversión”.

En 1968 Marta habló en contra de la ocupación militar de la Universidad Nacional, de la violación de la autonomía universitaria, y el Presidente Carlos Lleras Restrepo la expulsó del país. Ella apeló con el apoyo de los intelectuales y artistas del país y se quedó, por tener dos hijos colombianos, con la condición de no hablar de política. Hasta el año siguiente, cuando se marchó con el uruguayo Ángel Rama, su segundo esposo.

Y siempre volvió. Hasta que en 1982 el Presidente Belisario Betancur le otorgó la ciudadanía colombiana, este país al que se dirigía cuando se accidentó el avión de Avianca que la traía de vuelta el 27 de noviembre de 1983, el mismo año en que grabó en Colombia la última de sus series sobre arte: “Historia del arte moderno contada desde Bogotá”, de la que se conservan fragmentos en el Archivo Señal Memoria.
 

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