Publicado el Mar, 03/06/2018 - 10:52

Gabo y la memoria en el país de Macondo

La imagen de Gabo capturada por el fotógrafo Carlos Duque custodia nuestra sala de digitalización donde recuperamos miles de recuerdos sobre la historia de los medios en Colombia.

créditos de la foto: 
Imagen de Gabriel García Márquez perteneciente al Fondo Fotográfico de Carlos Duque
Por Alfredo Duplat Ayala
 
En la década de 1960, un grupo de jóvenes narradores latinoamericanos emprendería el proyecto de escribir una novela total que fuera capaz de delimitar y revelar lo que tenía en común esa compleja región cultural a la que llamamos América Latina, conformada por los países iberoamericanos. Pedro Páramo, obra del mexicano Juan Rulfo publicada en 1955, fue el modelo que inspiró a narradores como el peruano Mario Vargas Llosa, el mexicano Carlos Fuentes, el chileno José Donoso, el brasilero João Guimarães Rosa y el colombiano Gabriel García Márquez, un grupo que después recibió el nombre de Boom latinoamericano, del que también hizo parte Julio Cortázar.
 
Cien años de soledad es la novela total de Gabriel García Márquez, quien muchas veces afirmó que “en realidad uno no escribe sino un libro”. En su caso, este fue un libro que intentó captar “la realidad descomunal” que es América Latina, “una realidad que (…) vive con nosotros y determina a cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable”, como lo afirmó de forma sublime el cataquero aquel día de 1982 cuando recibió el premio Nobel de Literatura.
 
Hay muchas claves de lectura en Cien años de soledad, una de las novelas capitales del siglo XX, y una de las más estudiadas por la crítica. La más sólida es la que propone a la memoria como tema central de la obra: todos los relatos que suceden en Macondo, el pueblo donde viven los personajes de la novela, comienzan por el final, cuando el último Aureliano descifra unos manuscritos que contienen la memoria del pueblo y de la estirpe de los Buendía. Aquel fue quien más sufrió, por ser un bastardo excluido que nunca conoció sus orígenes; vivió encerrado en un cuarto hasta la edad adulta y fue testigo de la muerte de la mujer que amó y del hijo que tuvo con ella, un niño con cola de cerdo y devorado por las hormigas. Aureliano es capaz de superar la soledad y el dolor que ha padecido cuando, como lo propone de forma brillante Ana Cristina Benavides, “puede descubrir quién es y por qué está sobre unas ruinas, porque solo mirando de frente el sufrimiento que produce la condición originaria, trayendo al presente lo olvidado, puede hacerse con un presente y conjurar el futuro, de ahí que Melquíades, y todos los fantasmas, deban regresar del reino de la muerte para indicarle a cada generación que tienen una deuda con el pasado, con sus predecesores, con sus intentos frustrados y sus sueños rotos, sin cuya incorporación no podrán hacerse con su presente”1.
 
1 Benavides, A. C. (2014). La soledad de Macondo o la salvación por la memoria. Bogotá: Siglo del Hombre.
 
Lee nuestro libro digital: Nuestra memoria es para siempre que incluye este artículo y más sobre la historia de Señal Memoria. 
Etiquetas: 
Memoria histórica

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