Carlos III, el rey que aprendió a esperar | Señal Memoria

Publicado el Sáb, 10/09/2022 - 11:00
Carlos III, el rey que aprendió a esperar
Carlos III, el rey que aprendió a esperar
Archivo Señal Memoria de RTVC. Diseño gráfico: Karen López para Señal Memoria de RTVC

El reinado de siete décadas de Isabel II de Inglaterra postergó el ascenso al trono de su hijo Carlos, una figura pública a quien el arte, la cultura y el medio ambiente constituyen algunos de los más profundos intereses de un monarca que deberá emplearse a fondo como jefe de Estado si quiere preservar la integridad de la Commonwealth, pálido reflejo del glorioso Imperio británico de otros días.


 

En la vida de Carlos de Inglaterra, el 8 de septiembre de 2022 sin duda pasará a su propia historia como un día de profundos sentimientos encontrados, cuya explicación quizás pueda estar cifrada en una escena de la exitosa serie The Crawn: Carlos, aún muy joven, conversa con Camilla Parker Bowles y le confiesa –palabras más, palabras menos–, que su vida ha consistido en esperar, esperar… a convertirse en algo o en alguien que todavía no es, sobrellevándolo con auténtica resignación, incluso con impotencia. Como una suerte de personaje shakesperiano atrapado en su propio drama.

Pues bien, esa espera, luego de décadas, ha llegado a su fin. Su madre Isabel II de Inglaterra ha fallecido, hecho que ensombrece a la nación británica, a la familia real, al hijo. Pero de manera paradójica en esa sombra al fin despunta para Carlos la dimensión más importante de su destino, el cual lo justifica pues es el camino al que se encuentra atado desde su niñez, cuando tuvo conciencia de que a la muerte su madre habría de convertirse en monarca.

Al fin y al cabo, ese destino empezó a forjarse cuando aún no había cumplido 4 años de edad, a raíz de la súbita muerte de su abuelo, el rey Jorge VI, el 6 de febrero de 1952, acontecimiento que convirtió a Isabel en la nueva reina de los británicos y lo puso a él en el primer puesto de la línea sucesoria al trono.

Charles Philip Arthur George Windsor nació el 14 de noviembre de 1948 en el palacio de Buckingham (Londres, Inglaterra), fruto del matrimonio de Isabel II y el príncipe Felipe, duque de Edimburgo. A los 10 años la reina lo nombró príncipe de Gales y conde de Chester y al finalizar la enseñanza secundaria entró, en 1967, a la Universidad de Cambridge donde estudió arqueología, antropología e historia en el Trinity College, convirtiéndose en 1970 en el primer heredero real en obtener un título universitario.

Las armas y las letras

Ese mismo año el príncipe tomó posesión de su escaño en la Cámara de los Lores. Y entre 1971 y 1976 llevó adelante la carrera militar en las Fuerzas Aéreas y en la Armada Británica. En 2012, la reina Isabel le designó cinco estrellas honoríficas en las tres ramas militares del ejército, la marina y la fuerza aérea: es almirante de la Flota, mariscal de campo y mariscal de la Real Fuerza Aérea.

Sin embargo, desde temprano reveló un temperamento menos proclive a las armas que a las letras. Sus estudios universitarios así lo atestiguan y son el reflejo de un espectro mucho más amplio de aficiones que a partir de mediados de la década de los setenta lo condujo a involucrarse en toda una serie de causas: la defensa medioambiental, la preservación del patrimonio histórico nacional, la exaltación de la arquitectura, el arte y las manifestaciones literarias… Cabe recordar que en sus años de estudiante hizo teatro, cantó en un coro, tocó la trompeta, el violonchelo y la guitarra eléctrica. Con el paso del tiempo añadió el patronazgo o la presidencia de cerca de doscientas organizaciones de carácter educativo, científico, artístico o social.

Capítulo aparte merece su matrimonio con Diana Spencer en 1981, cuando él tenía 33 años y ella 20, unión de la cual nacieron los príncipes Guillermo y Enrique. La pareja se separó en 1992 y oficializó su divorcio en 1996 y a partir de entonces se hicieron cada vez más frecuentes las apariciones en público de Carlos y Camilla Parker, una relación sentimental de vieja data que le restó popularidad entre sus súbditos, sobre todo después de la muerte de Diana en un accidente automovilístico en París, en 1997.

Un cuarto de siglo después muere Isabel II y Carlos de Inglaterra rompe un récord: convertirse, a los 73 años, en el monarca más viejo en acceder al trono con el nombre de Carlos III. Su antecesor Carlos II (1630-1685) fue el hijo de Carlos I (1600-1649), monarcas ambos que se vieron inmersos en las guerras civiles de mediados del siglo XVII, en las que Carlos I perdió la cabeza en el cadalso tras ser derrotado por los ejércitos de Oliver Cromwell.

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Los retos del nuevo monarca

A Carlos III y Camilla Parker Bowles, su esposa desde 2005 y futura reina consorte, les han tocado tiempos menos difíciles y su reinado se desarrollará al amparo de la monarquía parlamentaria, ejerciendo un poder simbólico y ceremonial, permaneciendo neutrales en el plano político y erigiéndose él, en calidad de monarca, en jefe de Estado de otros catorce países que hacen parte de la Commonwealth.

A ese monarca, que en 2007 recibió el Premio Global Environmental Citizen del Centro de Salud y Medio Ambiente Global de la Facultad de Medicina de Harvard, así como otras distinciones bastante más mundanas, como el haber sido elegido el hombre mejor vestido del mundo por la revista Esquire, le gusta jugar al polo, esquiar, pescar y cazar. E igualmente jardinear, pintar, escribir, aprender de medicina alternativa, indagar en distintas religiones… Toda una serie de intereses favorecidos por siete décadas a la espera de convertirse en rey.

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Sin embargo, su ascenso al trono supone desafíos inmensamente más complejos que, entre otras cosas, pondrán a prueba la capacidad de la Corona y del mismo Carlos III al momento de preservar los vestigios del Imperio británico, cuya sombra es la Commonwealth. Después de todo, los movimientos republicanos han venido ganando protagonismo en muchos de sus países y territorios de ultramar, como Australia y Canadá, donde de una u otra manera sigue vivo el debate en torno a romper o conservar los lazos formales con el Reino Unido. Y aunque desde la década de 1950 Isabel II ha contado en un lugar como Australia con una gran popularidad (su perfil continúa apareciendo en monedas y billetes y su nombre designa a multitud de hospitales y edificios públicos), otra cosa es su hijo, a quien le tocó otra época y que no goza del carisma imbatible que tuvo su madre.

Así las cosas, Carlos III tendrá que echar mano de todas sus dotes de jefe de Estado y empeñarse a fondo en el propósito de contribuir a preservar el influjo geopolítico que aún tiene su país, cuyo trono se convirtió para él en una suerte de espejismo que al fin se materializó. Esa espera fue, sin duda, un ejercicio de paciencia, la misma que el nuevo monarca deberá seguir cultivando si quiere que su hijo Guillermo reine más allá de las costas de Inglaterra.

 


Autor: Fernando Nieto

 

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Fecha de publicación original Sáb, 10/09/2022 - 11:00
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