Las historias de Pedro y Pablo Flórez | Señal Memoria

Las historias de Pedro y Pablo Flórez
Publicado el Jue, 28/04/2022 - 11:06 CULTURA Y SOCIEDAD
Cantar la tierra: las historias de Pedro y Pablo Flórez

“Narra tu aldea y serás universal”, dijo Tolstói. Eso es lo que hicieron a lo largo de sus carreras Pedro Flórez (Maní, Casanare) y Pablo Flórez (Ciénaga de Oro, Córdoba). El folclor de los Llanos Orientales y la costa Caribe vive en sus canciones, que abren el horizonte de las distintas Colombias que conviven en una nación. Estos protagonistas de episodios de Yuruparí dialogan con la tradición y la mantienen viva y hacen que su aldea y su cosmología perduren, en un verso o una nota a la vez.

“Narra tu aldea y serás universal”, dijo el novelista ruso León Tolstói. O, al menos, dicen que eso dijo. En todo caso, al hablar de lo propio —del barrio y sus esquinas,  del pueblo y el campo que lo rodea, de lo que se vive en el día a día— se hace justicia poética y se registra lo que pocos más pueden al inmortalizar una manera de ver el mundo y habitarlo, una cosmología. Y con ello, también se abre un horizonte en el que lo hiperlocal se hace global. De hecho, es la única manera de ser global. Como lo dice Tolstói, es a través del detalle parroquial, en la poesía de lo que se tiene al frente, cuando se pueden trascender las fronteras, abrirlas para que el resto de la humanidad pueda imaginar, por unos minutos, esa experiencia de la que están tan lejos pero, gracias a esa narración de la aldea, tan cerca. 

Eso es lo universal, y no relatos aguados y sin raíz, arraigo ni código postal que apelan al gusto de todos. Y para aquellas narraciones de la aldea hay pocos vehículos como la música. Es el canto que reúne a los cazadores alrededor de la hoguera, los versos que unen la experiencia de una comunidad, las notas de una guitarra que son la melodía de ese lenguaje propio, una canción que se vuelve himno y mapa. Hoy en Colombia, el proyecto de nación se construye a partir de esos relatos de la aldea: Alcolirykoz le rapea a su barrio Aranjuez; en la música de Bejuco está presente en cada palabra y cada nota la historia de Tumaco; Edson Velandia hace música que ilustra cómo se ven el cielo y el suelo desde Piedecuesta, y Nicolás y los Fumadores entonan el rumbo de la juventud bogotana. En la música nos encontramos como país, todos los países que somos.

En Yuruparí, precisamente una serie que nos brinda un espejo para mirarnos y entendernos como nación, fragmentada y difusa, la música abunda. ¿Cómo no, si es Colombia? Está en cada carnaval, en cada fiesta patronal, en cada celebración, baile o costumbre. No se puede pensar la cultura, el folclore ni el patrimonio colombianos sin la música. Pero, entre todos los episodios, hay dos que es necesario destacar porque sus protagonistas, precisamente, se hacen universales a través de narrar y cantar sobre su aldea. Ellos son Pedro Flórez, de Maní (Casanare), y Pablo Flórez, de Ciénaga de Oro (Córdoba). Sin ser hermanos, comparten el apellido y la fe ferviente en la música como vehículo para dejar sus memorias y las de sus tierras, ardientes por siempre, una hoguera que no se apaga.

Pedro Flórez nació en Maní en 1930. De adolescente hizo parte de la guerrilla de Guadalupe Salcedo, en medio de La Violencia y el enfrentamiento entre liberales y conservadores de los años cincuenta. Y aunque ese pasado siempre hizo parte de su vida, nunca fue todo lo que era él, no lo definía. De pequeño aprendió a tocar el tiple, así como a cabalgar: aprendió lo que era ser de Casanare. Claro, esto incluyó criar el ganado, manejar la producción de leche y carne y cuidar los animales. Pero el canto y la música fueron su lienzo para expresarse sobre su territorio, su vida, su trabajo, su espiritualidad e, incluso, su lucha. 

A los seis años le empezó a gustar la música, recuerda Flórez. Sus hermanos mayores se dedicaban al requinto, pero no lo dejaban tocar a él: entonces lo hacía a escondidas, imitando lo que veía. Y así, tal vez si saberlo, estableció un diálogo con la tradición de música llanera, con las coplas como forma de mirarse a sí mismo mientras montaba a caballo o desempeñaba el resto de labores. Desde ese horizonte, aparentemente tan sencillo, su aporte fue enorme. Hoy es considerado uno de los mejores intérpretes que ha habido de la bandola criolla y su memoria es la de un representante total del folclore llanero. Además de su música, su aporte está inmortalizado en el Festival Internacional de la Bandola Llanera, que lleva su nombre como insignia distintiva, un nombre que resume todo lo que es y puede ser la música de los Llanos Orientales de Colombia. 

Triana Varón, Gloria (1986). Yuruparí [Pedro Flórez: llanero, músico y exguerrillero - Parte I]. Maní-Casanare: Audiovisuales. Archivo Señal Memoria, C1P-242889.

 

En cuanto a su episodio de Yuruparí, este solo vio la luz años después de su grabación, en 1986. El pasado de Flórez como guerrillero llevó a que el capítulo fuera censurado y, de hecho, ese fue el fin de la serie. 

De las amplias praderas del oriente pasamos a la costa norte, junto al mar Caribe. Allí, en Ciénaga de Oro, nació Pablo Flórez, amante desde niño de la cumbia, el porro, el mapalé y la música del Caribe. Esa música, ligada a la playa y al mar, vive en su alma y lo inspira para componer, junto con las vivencias de la región, como las corralejas. Al componer, admitió Flórez, solo sentía y demostraba lo que le dolía, lo que desapareció de su infancia. Su música es entonces la memoria viva de eso que ya no está, pero sí se encuentra al vivir en sus canciones. Sus abuelos y su mundo respiran en cada tema: el respeto de esa época y la nostalgia que le despierta lo que el mar se llevó de la orilla. 

Pablo Flórez es recordado como el Juglar del Sinú, gracias a la radiografía que hizo de su región. Las cuentas señalan que cuando murió había a su nombre más de mil canciones. Alcanzó a grabar cincuenta discos. Temas como La aventurera o Los sabores del porro, son algunos de los que más destacan de su arsenal. Pero más que un tema cuantitativo, su legado tiene que ver con cómo interpretó la tradición y la protegió. Mirar hacia el futuro es importante, sí, pero sin un pasado consolidado y claro ese futuro se queda sin cimientos, se derrumba, y eso Flórez lo sabía.

Ruiz Ardila, Jorge (1987). Yuruparí [Pablo Flórez, historia cantada del Sinú]. Ciénaga de Oro, Córdoba: Audiovisuales. Archivo Señal Memoria, BTCX60-062183B CLIP 1.


Autor: Santiago Cembrano

 

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Fecha de publicación original Jue, 28/04/2022 - 11:06

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